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El signo

El signo es como un organismo emergente, como un animal, siempre cambiante, en su desplazamiento continuo. Cuando escribimos devenimos animales, devenimos signos. El signo como singularidad, con su propio cuerpo, con sus propias texturas y protuberancias. Signo que subyace al sistema de signos (lenguaje), lo conforma y lo difiere continuamente. Si los signos no fueran singulares, es decir, diferentes, no habría tal sistema. Así es como el lenguaje está conformado por acontecimientos políticos, a saber, los signos. Signos en colectividad, dispuestos a diferir el lenguaje y a elaborar una máquina de guerra. Por eso escribir es elaborar una máquina de guerra, según Gilles Deleuze, para transgredir o diferir el aura (Walter Benjamin), lo que se pretende eregir como auténtico, original, en su imposible desplazamiento, como lo sacro que sólo puede originarse una sola vez, es así el origen irrepetible que se transgrede mediante el signo. El signo se repite, ahí está contenida su singularidad, es su diferencia; repetición como cantidad y cualidad, porque entre más se repita un signo en el sistema de signos, mayor será la diferencia con la que se desplaze el lenguaje. El signo es como un león, que ruge y rasga, desarrolla ruidos que resuenan en la indiferencia, abre caminos que nos crean un territorio, por eso el signo es territorialización, es decir, el signo es cultura.

Sobre encuentros y deseos

Por Marco Antonio Godínez Bustos

Amanece de color dulce,
nostálgico sueño de besos y caricias,
suponiendo tu encuentro.

Con escasa respiración y necesitado
de tu interior, corro a tu búsqueda
dispuesto a sucumbir mi vida.

Por fin, rendido corazón en pies,
perdido en tus labios y aliento.
Fuimos y seremos unidad,
nadie puede contra el destino.

Anochece de color amargo,
nostálgico encuentro de amor y deseo,
suponiendo el nuevo sueño.

Temo perderte

Por Marco Antonio Godínez Bustos

Entre la muerte y la noche, las palabras y las cosas están concentradas en un papel. Aquí está ya el infinito, en las indiscernibles horas nocturas, siempre eternas, de un momento que se encuentra en suspenso. El temor a perderme en palabras porque no será posible hacerlas (con las manos, con el corazón, con el rechinar de mis dientes), me ha impulsado a cerrar la boca, censurando algún sentimiento mal logrado. Escribo lento, pero siento acelerado e inalcanzable, esta vez no será posible transcribirme. La pluma con la que me harté de escribir la arrojo por la ventana, por una suerte inexplicable termina cayendo sobre un charco de agua, donde la tinta se regó por toda esa suciedad creando una curiosa mezcolanza entre orines, lluvia ácida y gasolina... la escritura se ha logrado, dentro de la porquería y la eternidad: se ha hecho perdurable y sucumbirá en cuanto el agua sucia se evapore al día siguiente, así asciende a las nubes y luego a las estrellas, volando como un pájaro de fuego que desodoriza mi alma. La luna es un testigo ocular fiel de todas esas experiencias nocturnas, ella sabe que nunca estuve ahí, que nunca participé, que yo llegué después, que te amé al final. Pero de eso no puedo hablarte, el espíritu taciturno está muerto porque la hazaña sobrepasó mi cuerpo, por medio de un torbellino me desplazó a ese lugar que desconozco pero que siento en todas las intensidades de lo inasible. ¿Qué puedo decirte? Aquí, en el silencio puro, surge la melancolía de un par de ojos que alguna vez estuvieron fuertemente unidos con otros, con la mirada fija y estrábica sobre sí misma... sólo te extraño y deseo asirme en tí, pretendo perderme cada vez que te escribo suciamente, porque sólo por ésta pérdida la expresión se volverá perdurable. Expresión que vuelve sobre mí, que al final no fue dirigida a nadie... así te amo, así me amas, como si nos comunicáramos, como si lo necesitáramos hacer, como si ese temor a perderme en palabras fuera el mismo por perderte.

Algunas reflexiones sobre la identidad

Por Marco Antonio Godínez Bustos

Asusta negar toda identidad, pero quizás no tengamos otro camino más que impugnarla y volver a pensarla bajo otros lineamientos, en su relación estrecha con lo que no es. Hace tiempo escribía que era posible la identidad sobre la base de la diferencia, pero ahora creo que es insuficiente. Ambos conceptos se resisten porque llevan consigo una represión de su otro, puesto que lo asemejan a sí mismo, supeditándolo. La identidad como semejanza ya es una identidad sobre la base de la diferencia, puesto que en la semejanza ya está incluida la diferencia, pero es una diferencia rota, delineada, vigilada, usada como medio para un fin identitario.

¿Qué cosa en el mundo posee una identidad plena? De momento, lo único que puedo considerar importante es que si hay identidad mediante las categorías o los conceptos, es porque se asume y se emplea una violencia a lo singular, a lo que no puede de ningún modo adaptarse a las generalidades. Aquí la identidad violenta. Quizás violencia necesaria que imprime un dolor que hace desgraciado al hombre en su imposibilidad de percibir las diferencias, los detalles, la complejidad, pero que encuentra en esa desgracia la necesidad de repetición de lo que no puede pertenecer a los conjuntos o a la unidad que violenta. Todo lo que es repetible es todo aquello que es singular e irremplazable, puesto que como no hay algún otro idéntico que lo supla, la única vía que tiene es la necesidad de reiterarse. Así no funcionan las categorías, porque contrariamente pretenden suplir o representar cualquier particular; entre particulares todos pueden reemplazarse mediante su pertenencia a una generalidad.

Curiosamente dice la Real Academia Española de lo idéntico: 1. adj. Dicho de una cosa: Que es lo mismo que otra con que se compara. Identidad como comparación de dos cosas. Aquí ya hay diferencia aunque supeditada al servicio del conjunto. Si asumimos la singularidad de una cosa, la diferencia se impone frente al conjunto, y una cosa viene a ser irremplazable por otra. No hay paso a la identidad, pues si ésta es posible lo será sólo parcialmente. Ahora bien, se sostiene desde siglos el "principio de identidad", principio analítico, indivisible y atómico, verdad en sí misma, inamovible. ¿El principio de identidad es un a priori que contenga plenitud en lo que afirma, es decir, es un principio radicalmente analítico que se sostenga por sí mismo? ¿Qué hay de esa proyección, quizás indispensable, de la que se vale la identidad para conformarse como tal? Ya hay aquí diferencia que es utilizada para el estatuto del principio de razón. Identidad como comparación, en su analiticidad quebrada, en su imposición violenta, en su urgencia por encontrar el Estatuto inamovible, permanente, inalterable (¿no se encuentra ya en esta palabra la falsedad de la identidad como principio analítico, en la suposición de que no es posible alterarlo, siendo que se sirve de aquello que no es para conformarse?). Identidad que se opone a la singularidad, estatuto que carece de autorreferencia, que tiene su sostén en el fantasma, en la imagen idéntica (esto es por sí absurdo). No hay identidad plena, ni siquiera de un objeto consigo mismo, pues éste necesita mañosamente de la proyección o del fantasma para ganarse la identidad.

En el enunciado analítico, el predicado ya contiene un diferencial con respecto al sujeto, aquél no constituye la identidad de éste, sino su variación espectral. El predicado no incluye al sujeto en una proposición analítica, más bien lo supone como acto de fidelidad; esto es justo el a priori: la suposición, que no proviene de la experiencia, de que la identidad es un a priori. Se conforma así el a priori del engaño.

En efecto, no se trata de destruir la identidad, porque de ser así no podríamos hablar de un objeto como el mismo a pesar de los cambios que sufre. La identidad tendría que sostenerse por lo singular, al menos es como la necesitamos reformar. Es preciso destruir la dicotomía entre la identidad y la diferencia, pensar la identidad como diferencia, pero no en el sentido de supeditarlas la una a la otra. Quizás el error de muchos filósofos ha sido pensar la identidad como lo irrepetible, el origen mismo, siendo que todo lo que se repite ya se encuentra en su desplazamiento eterno, es decir, en su identidad inasible o identidad por conformarse.

Otredad, propiedad, robo: acercamiento político

Por Marco Antonio Godínez Bustos

Lo otro es tan necesariamente diferente que no podemos determinarlo de ninguna manera; podemos pensarlo, incluso representarlo y otorgarle su posibilidad, ¿acaso otorgarle su posibilidad no es también determinarlo?. Cuando represento lo otro, lo estoy condicionando sobre lo base de mis pensamientos y apriorismos, lo obligo a ser semejante a mí, forzarlo a pertenecer a un concepto del ser otro. Quizás valga puntualizar la diferencia entre alteridad, que pretende descubrir en lo otro o en el otro un alter ego, y otredad, que puede considerar el otro como algo radicalmente diferente de mí. La verdadera otredad es pensada como posible y como imposible, puesto que el otro es otro por su riesgo de no serlo y no por la condición del concepto (quizás sea menester comprender el significado de “posibilidad”, no como algo que sólo puede darse, sino como aquello que carece también de su posibilidad de darse). ¿Por qué no puede serlo? No es condición del concepto porque el concepto, así como también la categoría, tiende a agrupar y asimilar particulares, de formalizar conjuntos de particulares; si se condiciona lo otro mediante la generalidad del concepto, aquél será entendido como semejante a una comunidad de particulares y, radicalizando el proyecto, no habría siquiera interrelaciones entre los conjuntos que tienen diferente representación del otro (piénsese en el problema de la multiculturalidad y la exclusión).

Hemos dicho que el otro puede darse o no darse. La angustia de no poder aprehender los objetos en sí mismos ha provocado que nos situemos en la imagen del otro y, curiosamente, conformarnos con la objetividad de ésta última como posibilidad de conocimiento (como si existiera una auténtica y primigenia imagen del otro). En efecto, pareciera ser que estamos en la cárcel de la representación, pero en vez de considerar el límite de nuestra subjetividad como la alternativa del aprender la objetividad de lo otro, debimos haber pensado la representación como la repetición de la imagen del otro que agrega siempre algo inédito, inesperado, diferente. Asumir la proliferación o pluralidad de repeticiones es quebrar la objetividad de la repetición de lo “mismo”, de la nostalgia del origen, de la vergüenza de un pasado envidioso. De aquí se deriva la paradoja de la representación: no es que la representación vaya en contra de la diferencia, sino que es su tremenda posibilidad, pues como bien dice Ana María Mercedez de la Escalera: «la representación es la ingenuidad de la representación; la creencia de su absoluta posibilidad».

Siguiendo todo lo que se ha dicho, para darle el giro político, podemos afirmar que el concepto del otro es apropiación de lo que es por sí diferente. No hay secreto ya en lo que es apropiado por el concepto, se le pretende quitar su intimidad, mortificar su impropiedad, su distancia, su extrañeza. Así se ha pensado la propiedad como algo que no es ajeno, es decir, como una extensión de mi cuerpo: propiedad como identidad, como algo muy mío que me compone. ¿Por qué no pensar la propiedad como algo muy mío que me difiere? No hemos pensado la repetición como contraria a la diferencia, por eso tampoco podemos dejar de pensar la propiedad como expropiación. Toda propiedad es expropiada, es decir, robada de su plenitud del ser de alguien. No es tan descabellada la proposición del anarquista Proudhon de que «la propiedad es un robo». Advertible es que no interesa si el robo precede a la propiedad, o la propiedad al robo, puesto que no hay causa en la propiedad y en el robo. Lo interesante es lograr considerar la propiedad como igual a la expropiación, es decir, en la propiedad que nunca deja de ser ajena a mí.

La propiedad liberada de toda determinación tiene su efecto en la propiedad pública: propiedad muy mía que me difiere porque sigue siendo ajena a mí. No es difícil notar hasta este punto que la propiedad privada es una degeneración. No se trata de prestar el cepillo de dientes como si fuera de todos, sino de hacer notar que ese cepillo me pertenece pese a que yo no lo hice con mis manos. No se puede pensar la propiedad privada con plenitud, como tampoco se puede pensar en una representación y una repetición que no ofrecen diferencia.