viernes, 21 de diciembre de 2007

El filósofo y su preguntar

Hacía tiempo de los picores causados por algunos problemas filosóficos que habían sido olvidados temporalmente, como si viviera en un enorme péndulo filosófico indeterminable, porque apenas ayer eran otros los problemas que formaban parte de mis aconteceres. Sin embargo, en su mayoría eran por justicia problemas eternos, no terminados, nunca acabados, siempre frescos y abiertos en su totalidad. Algunos por su parte eran como grandes círculos viciosos que no llevan ni siquiera a nuevos problemas atendibles, es por ello que en este grado su aborto es preciso y debe suceder de manera espontánea para regresar a aquellos problemas eternos que aparecen cuando uno no los espera. Son aquellos que están en tus narices, que por ser tan simples no es permisible el preguntarse para muchas de las ciencias, tampoco es posible explicarse cuando acontecen, porque lo hacen cuando estás comiendo, viendo los ojos de algún familiar, escuchando música, caminando, soñando, riendo, en cualquier estado material. Aquellos instantes que son incontables, pese a que se tenga la noción de los infinitos números decimales, preceden a toda formulación de una pregunta. Es este el preguntar que requiere un lenguaje y un previo intérprete cultural, pero que al originarse de un vacío pueden quebrar el mismo lenguaje y a la cultura desbordando su ser con el que fueron inaugurados. Así toda metáfora, el símbolo, y toda poesía pueden desbordar el ser aislado de una palabra ... el vuelo ensoñador se obtiene de un suelo encarcelador, o lo que es igual, de un vuelo caótico y evanescente se obtiene la solidez y el arraigo de un suelo fraternal. Asirnos a la cultura en turno, pero volando en la fantasía es, a mi consideración concluyente, la actividad del filósofo.

Cabe decir, aunque sea redundante y atentando contra la obviedad, tal consideración no es absolutamente concluyente.

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