miércoles, 13 de mayo de 2009

Otredad, propiedad, robo: acercamiento político

Por Marco Antonio Godínez Bustos

Lo otro es tan necesariamente diferente que no podemos determinarlo de ninguna manera; podemos pensarlo, incluso representarlo y otorgarle su posibilidad, ¿acaso otorgarle su posibilidad no es también determinarlo?. Cuando represento lo otro, lo estoy condicionando sobre lo base de mis pensamientos y apriorismos, lo obligo a ser semejante a mí, forzarlo a pertenecer a un concepto del ser otro. Quizás valga puntualizar la diferencia entre alteridad, que pretende descubrir en lo otro o en el otro un alter ego, y otredad, que puede considerar el otro como algo radicalmente diferente de mí. La verdadera otredad es pensada como posible y como imposible, puesto que el otro es otro por su riesgo de no serlo y no por la condición del concepto (quizás sea menester comprender el significado de “posibilidad”, no como algo que sólo puede darse, sino como aquello que carece también de su posibilidad de darse). ¿Por qué no puede serlo? No es condición del concepto porque el concepto, así como también la categoría, tiende a agrupar y asimilar particulares, de formalizar conjuntos de particulares; si se condiciona lo otro mediante la generalidad del concepto, aquél será entendido como semejante a una comunidad de particulares y, radicalizando el proyecto, no habría siquiera interrelaciones entre los conjuntos que tienen diferente representación del otro (piénsese en el problema de la multiculturalidad y la exclusión).

Hemos dicho que el otro puede darse o no darse. La angustia de no poder aprehender los objetos en sí mismos ha provocado que nos situemos en la imagen del otro y, curiosamente, conformarnos con la objetividad de ésta última como posibilidad de conocimiento (como si existiera una auténtica y primigenia imagen del otro). En efecto, pareciera ser que estamos en la cárcel de la representación, pero en vez de considerar el límite de nuestra subjetividad como la alternativa del aprender la objetividad de lo otro, debimos haber pensado la representación como la repetición de la imagen del otro que agrega siempre algo inédito, inesperado, diferente. Asumir la proliferación o pluralidad de repeticiones es quebrar la objetividad de la repetición de lo “mismo”, de la nostalgia del origen, de la vergüenza de un pasado envidioso. De aquí se deriva la paradoja de la representación: no es que la representación vaya en contra de la diferencia, sino que es su tremenda posibilidad, pues como bien dice Ana María Mercedez de la Escalera: «la representación es la ingenuidad de la representación; la creencia de su absoluta posibilidad».

Siguiendo todo lo que se ha dicho, para darle el giro político, podemos afirmar que el concepto del otro es apropiación de lo que es por sí diferente. No hay secreto ya en lo que es apropiado por el concepto, se le pretende quitar su intimidad, mortificar su impropiedad, su distancia, su extrañeza. Así se ha pensado la propiedad como algo que no es ajeno, es decir, como una extensión de mi cuerpo: propiedad como identidad, como algo muy mío que me compone. ¿Por qué no pensar la propiedad como algo muy mío que me difiere? No hemos pensado la repetición como contraria a la diferencia, por eso tampoco podemos dejar de pensar la propiedad como expropiación. Toda propiedad es expropiada, es decir, robada de su plenitud del ser de alguien. No es tan descabellada la proposición del anarquista Proudhon de que «la propiedad es un robo». Advertible es que no interesa si el robo precede a la propiedad, o la propiedad al robo, puesto que no hay causa en la propiedad y en el robo. Lo interesante es lograr considerar la propiedad como igual a la expropiación, es decir, en la propiedad que nunca deja de ser ajena a mí.

La propiedad liberada de toda determinación tiene su efecto en la propiedad pública: propiedad muy mía que me difiere porque sigue siendo ajena a mí. No es difícil notar hasta este punto que la propiedad privada es una degeneración. No se trata de prestar el cepillo de dientes como si fuera de todos, sino de hacer notar que ese cepillo me pertenece pese a que yo no lo hice con mis manos. No se puede pensar la propiedad privada con plenitud, como tampoco se puede pensar en una representación y una repetición que no ofrecen diferencia.

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