lunes, 29 de junio de 2009

El signo

El signo es como un organismo emergente, como un animal, siempre cambiante, en su desplazamiento continuo. Cuando escribimos devenimos animales, devenimos signos. El signo como singularidad, con su propio cuerpo, con sus propias texturas y protuberancias. Signo que subyace al sistema de signos (lenguaje), lo conforma y lo difiere continuamente. Si los signos no fueran singulares, es decir, diferentes, no habría tal sistema. Así es como el lenguaje está conformado por acontecimientos políticos, a saber, los signos. Signos en colectividad, dispuestos a diferir el lenguaje y a elaborar una máquina de guerra. Por eso escribir es elaborar una máquina de guerra, según Gilles Deleuze, para transgredir o diferir el aura (Walter Benjamin), lo que se pretende eregir como auténtico, original, en su imposible desplazamiento, como lo sacro que sólo puede originarse una sola vez, es así el origen irrepetible que se transgrede mediante el signo. El signo se repite, ahí está contenida su singularidad, es su diferencia; repetición como cantidad y cualidad, porque entre más se repita un signo en el sistema de signos, mayor será la diferencia con la que se desplaze el lenguaje. El signo es como un león, que ruge y rasga, desarrolla ruidos que resuenan en la indiferencia, abre caminos que nos crean un territorio, por eso el signo es territorialización, es decir, el signo es cultura.

No hay comentarios: