domingo, 18 de octubre de 2009

Acontecimiento: recuerdo y olvido

El tiempo es irreversible. Una parte del tiempo sugiere arrepentimiento y dolor. El recuerdo por lo general es doloroso porque suscita horribles experiencias, pero también lo es si la experiencia es magnífica, porque el recuerdo impide volver a vivir la experiencia tal cual fue la primera vez que se hizo. Quizás un remedio sea el olvido. Así lo decía Friedrich Nietzsche en su consideración intempestiva sobre la historia: el olvido es como una facultad necesaria de los seres humanos para su proyección al porvenir. Pero el olvido radical del recuerdo es demasiado romántico, como lo es también volver a vivir aquellas experiencias originarias que nos producen nostalgia al recordarlas. El olvido así entendido no resuelve el pensamiento binario de oposiciones y superaciones, porque el recuerdo se excluye para conformar la genuina vivencia.

Diremos con esto que no hay ni recuerdo ni olvido plenos, porque así son ambos imposibles. Para demostrarlo no hace falta mas que intentar recordar lo que se nos ha hecho imposible; como el recuerdo del nacimiento, la primera palabra pronunciada, etc. Siempre sabremos de esos sucesos porque nos lo dirá nuestros padres o alguien que estuvo presente en esos momentos, y en todo caso nuestro primer recuerdo no será el recuerdo primigenio de nuestra vida. Esto ya lo ha mostrado Peter Sloterdijk, la dificultad del comenzar y de recordar nuestro propio comienzo. Tampoco podremos olvidar con plenitud, porque el olvido no es posible que se efectúe con plenitud porque necesitamos recordar lo que nos disponemos a olvidar, así el olvido se vuelve caprichoso e imposible al ponerlo en marcha, pues al olvidar el recuerdo se mezcla en la propia actividad.

El olvidar y el recordar con plenitud es el autoengaño porque forzamos a que sean facultades independientes una de la otra, pero la relación de ambas es la que hace imposible su radicalidad. No hace falta continuar con dicotomías, como se ha hecho a lo largo del pensamiento filosófico. El olvido no es el reverso del recuerdo ni éste el del olvido, sino que cada uno es la tremenda posibilidad del otro; se recuerda por el riesgo de olvidar, y se olvida por el riesgo de recordar algo desagradable. He aquí una dilucidación: el recuerdo y el olvido no son posibles sin la repetición; en la repetición se recuerda y se olvida, porque al recordar se olvida, y al olvidar se recuerda. Sólo así ambos son posibles y ambos constituyen el poder de lo inmediato, es decir, del acontecimiento. No constituyen el poder de la vivencia porque ésta no compadece con un recuerdo ni tampoco compadece con lo que se encuentra por venir.

El recuerdo ya está destinado a la falsedad de la vivencia, el recuerdo siempre es falso al ser una representación, porque es una replica de aquello que se hizo presente alguna vez. Es menester probar cómo el recuerdo, siendo una representación, puede ser la posibilidad del acontecimiento. Lo que se presenta es llamado fenómeno, que deriva del verbo griego phaínein que significa hacer visible o aparecer, curioso es que es la misma raíz de fantasma. ¿Cómo pueden desplazarse de su origen dos palabras que tienen significados diferentes? Fantasma no es lo que se hace presente como el fenómeno, sino aquello que se esconde u oculta. Escribe Heráclito que “la naturaleza le place ocultarse”, por eso será necesario preguntarse si de verdad el fantasma conforma la naturaleza. De tal modo que no hay contradicción en todo esto. El acontecimiento no entra en oposición con lo que se hace presente o lo que se encuentra ausente; el acontecimiento es fantasma, porque es una representación falseada. Aquí se elude todo pensamiento binario entre el recuerdo y el olvido. A partir de ahora nuestra pregunta estará dirigida hacia los movimientos del acontecimiento como representación.

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