sábado, 28 de marzo de 2009

El tiempo y las paradojas

Por Marco Antonio Godínez Bustos

Recuerdo a Zenón de Eléa, filósofo curioso más que matemático empedernido, anacronismo común. No sabemos desde hace cuánto tiempo las paradojas nos empezaron a seducir, sin embargo, sería erróneo pensar la paradoja como una incitación a resolverla y encontrar una certeza apodíctica que supere su contradicción. Sería necesario, por amor a lo extraordinario, mostrar que la contradicción es solidaria con la vida, puesto que un mundo resuelto sería desde siempre un mundo petrificado en completa inmovilidad. La contradicción quizás no sea un problema sino una certeza del corazón, posiblemente no hemos podido conciliar pensamientos, o tal vez nos hemos aferrado a suponer una línea normativa que divide el mundo real y el mundo posible. ¿No son ambos simultáneos? Pensar lo real es hacerlo desde la presencia, pensar lo posible es hacerlo desde la ausencia. No se trata de saber qué pensamiento es el que le precede al otro, sino de considerar “presencia y ausencia” como una falsa dicotomía. Cuando la presencia excluye la ausencia, por una necesidad de superar lo contrafactual, se pierde el movimiento y la muerte está a un paso de serle concedido el imperio de lo petrificado. Por otro lado, cuando la ausencia excluye la presencia, por pretender forzadamente hacer los sueños realidad, se toma lo contrafactual como algo que es un hecho. Sin duda la exclusión es obligar con violencia a homogeneizar lo que es plural, intentando encontrar una verdad permanente que termina por parecernos vergonzosa y ridícula. Sería también necesario mostrar que la verdad no obedece a ningún polo, puesto que pretende unificarlos a todos, ya sean dos, tres, o más. La verdad como acontecimiento sería aquéllo que no se espera, ni tampoco lo que se desplaza a voluntad en el tiempo, sino que es lo que emerge con estrépito, es decir, con todas las resonancias (Eugène Minkowski) apuntando hacia una repercusión singular... donde sólo hay ecos rebotando en todos los cuerpos, acariciando las superficies que no conocen terminaciones, es decir, todo siendo dicho de una sola vez por todas.

Minkowski ha dicho que el tiempo es contradictorio, porque permanecemos en un punto sin extensión (presente), es decir, en una nada en medio de dos nadas que nunca son (pasado y futuro). Es interesante preguntarse cómo nos hemos ganado esas nadas para que podamos hablar sobre ellas. Ese presente que siempre nos remite a intervalos, nos relata los instantes, que al hacerlo sugiere un deseo de absoluto, pretendiendo liberarse de la espacialidad que ha linealizado al tiempo. El tiempo es un universal que puede contradecirse a sí mismo, por ello el tiempo no es sólo presencia sino también ausencia, porque el tiempo es absolutamente todo. Así es como el instante liberado de su espacialidad es la unificación de lo que se contradice, consiguiendo de esa manera la universalidad del tiempo, es decir, un Acontecimiento puro.

¿Qué pasa aquí con el lenguaje? Es posible concluir que es fácil sentir afinidad con las palabras sencillas y cortas, pues contienen más instantes que palabras rebuscadas y vanidosas, quizás las frases más cotidianas sean las más poéticas. Pocas palabras de amor pueden ser, paradójicamente, todo lo dicho en un instante con dos o tres palabras, ganándose la eternidad. ¿Por qué nos gusta escribir tanto? Quizás el riesgo de quedarse callado sea el ímpetu de la universalidad de nuestra singularidad. ¿Quedarse callado no es estar desde ese momento escuchando los ecos sintiendo las vibraciones de un instante venidero, es decir, en el término medio de la presencia y la ausencia?

jueves, 5 de marzo de 2009

La contradicción del tiempo

¿Por qué el tiempo ha sido sólo una variable del espacio? ¿Por qué nos resistimos a pensar el tiempo como algo no mensurable, impredecible, emergente? Escribe Eugène Minkowski, influenciado por Bergson, al respecto de una demostración lógica de la contradicción del tiempo en sí mismo:
El pasado ha pasado, por tanto ya no existe; el futuro no existe todavía; el presente por ello se encuentra entre dos nadas; pero el presente, el ahora es un punto sin extensión; en cuanto el presente está ahí, ya no es; por tanto, el ahora es contradictorio y constituye por ello otra nada. Y así, para el tiempo, la realidad se reduce a una nada situada entre dos nadas. (Minkowski, Eugène. El tiempo vivido. FCE. México, 1973.)
No veo más aquí que la fuerza infinita del tiempo, capaz de contradecirse a sí mismo como un genuino universal, es también impersonal pero se encuentra tan íntimo en nuestras vidas. El tiempo es tan necesariamente paradójico. ¿Alguna vez alguien afirmó con plenitud que la verdad y la verosimilitud en ocasiones eran opuestas? Las reflexiones sobre el tiempo podrían producir una ἐποχή (suspensión) del juicio, después de considerar su contradicción inherente que expuso Minkowski. Sin embargo, es tan verosímil la paradoja del tiempo que se convierte en una verdad que nos persuade. ¿Por qué la simpatía no tiene un fuerte valor de verdad? Desde luego que nunca será suficiente, pero al menos podría ser considerable.

El tiempo contradictorio nos muestra cómo la vida asume las falsas dicotomías y las paradojas, porque se mueve en el dinamismo de la profundidad y la superficie, de la verdad y el error, del pasado y el porvenir. Sólo necesito una excepción, una persona que haya logrado posicionarse en un sólo polo de una dualidad ("dualidad": sólo abstractamente decible), para desistir de lo dicho.