lunes, 29 de junio de 2009

El signo

El signo es como un organismo emergente, como un animal, siempre cambiante, en su desplazamiento continuo. Cuando escribimos devenimos animales, devenimos signos. El signo como singularidad, con su propio cuerpo, con sus propias texturas y protuberancias. Signo que subyace al sistema de signos (lenguaje), lo conforma y lo difiere continuamente. Si los signos no fueran singulares, es decir, diferentes, no habría tal sistema. Así es como el lenguaje está conformado por acontecimientos políticos, a saber, los signos. Signos en colectividad, dispuestos a diferir el lenguaje y a elaborar una máquina de guerra. Por eso escribir es elaborar una máquina de guerra, según Gilles Deleuze, para transgredir o diferir el aura (Walter Benjamin), lo que se pretende eregir como auténtico, original, en su imposible desplazamiento, como lo sacro que sólo puede originarse una sola vez, es así el origen irrepetible que se transgrede mediante el signo. El signo se repite, ahí está contenida su singularidad, es su diferencia; repetición como cantidad y cualidad, porque entre más se repita un signo en el sistema de signos, mayor será la diferencia con la que se desplaze el lenguaje. El signo es como un león, que ruge y rasga, desarrolla ruidos que resuenan en la indiferencia, abre caminos que nos crean un territorio, por eso el signo es territorialización, es decir, el signo es cultura.

miércoles, 3 de junio de 2009

Algunas reflexiones sobre la identidad

Por Marco Antonio Godínez Bustos

Asusta negar toda identidad, pero quizás no tengamos otro camino más que impugnarla y volver a pensarla bajo otros lineamientos, en su relación estrecha con lo que no es. Hace tiempo escribía que era posible la identidad sobre la base de la diferencia, pero ahora creo que es insuficiente. Ambos conceptos se resisten porque llevan consigo una represión de su otro, puesto que lo asemejan a sí mismo, supeditándolo. La identidad como semejanza ya es una identidad sobre la base de la diferencia, puesto que en la semejanza ya está incluida la diferencia, pero es una diferencia rota, delineada, vigilada, usada como medio para un fin identitario.

¿Qué cosa en el mundo posee una identidad plena? De momento, lo único que puedo considerar importante es que si hay identidad mediante las categorías o los conceptos, es porque se asume y se emplea una violencia a lo singular, a lo que no puede de ningún modo adaptarse a las generalidades. Aquí la identidad violenta. Quizás violencia necesaria que imprime un dolor que hace desgraciado al hombre en su imposibilidad de percibir las diferencias, los detalles, la complejidad, pero que encuentra en esa desgracia la necesidad de repetición de lo que no puede pertenecer a los conjuntos o a la unidad que violenta. Todo lo que es repetible es todo aquello que es singular e irremplazable, puesto que como no hay algún otro idéntico que lo supla, la única vía que tiene es la necesidad de reiterarse. Así no funcionan las categorías, porque contrariamente pretenden suplir o representar cualquier particular; entre particulares todos pueden reemplazarse mediante su pertenencia a una generalidad.

Curiosamente dice la Real Academia Española de lo idéntico: 1. adj. Dicho de una cosa: Que es lo mismo que otra con que se compara. Identidad como comparación de dos cosas. Aquí ya hay diferencia aunque supeditada al servicio del conjunto. Si asumimos la singularidad de una cosa, la diferencia se impone frente al conjunto, y una cosa viene a ser irremplazable por otra. No hay paso a la identidad, pues si ésta es posible lo será sólo parcialmente. Ahora bien, se sostiene desde siglos el "principio de identidad", principio analítico, indivisible y atómico, verdad en sí misma, inamovible. ¿El principio de identidad es un a priori que contenga plenitud en lo que afirma, es decir, es un principio radicalmente analítico que se sostenga por sí mismo? ¿Qué hay de esa proyección, quizás indispensable, de la que se vale la identidad para conformarse como tal? Ya hay aquí diferencia que es utilizada para el estatuto del principio de razón. Identidad como comparación, en su analiticidad quebrada, en su imposición violenta, en su urgencia por encontrar el Estatuto inamovible, permanente, inalterable (¿no se encuentra ya en esta palabra la falsedad de la identidad como principio analítico, en la suposición de que no es posible alterarlo, siendo que se sirve de aquello que no es para conformarse?). Identidad que se opone a la singularidad, estatuto que carece de autorreferencia, que tiene su sostén en el fantasma, en la imagen idéntica (esto es por sí absurdo). No hay identidad plena, ni siquiera de un objeto consigo mismo, pues éste necesita mañosamente de la proyección o del fantasma para ganarse la identidad.

En el enunciado analítico, el predicado ya contiene un diferencial con respecto al sujeto, aquél no constituye la identidad de éste, sino su variación espectral. El predicado no incluye al sujeto en una proposición analítica, más bien lo supone como acto de fidelidad; esto es justo el a priori: la suposición, que no proviene de la experiencia, de que la identidad es un a priori. Se conforma así el a priori del engaño.

En efecto, no se trata de destruir la identidad, porque de ser así no podríamos hablar de un objeto como el mismo a pesar de los cambios que sufre. La identidad tendría que sostenerse por lo singular, al menos es como la necesitamos reformar. Es preciso destruir la dicotomía entre la identidad y la diferencia, pensar la identidad como diferencia, pero no en el sentido de supeditarlas la una a la otra. Quizás el error de muchos filósofos ha sido pensar la identidad como lo irrepetible, el origen mismo, siendo que todo lo que se repite ya se encuentra en su desplazamiento eterno, es decir, en su identidad inasible o identidad por conformarse.