jueves, 7 de enero de 2010

La representación y la diferencia

Hace poco estaba pensando el problema de la representación. En los últimos tiempos ha sido el tema de la filosofía contemporánea con el llamado «pensamiento de la diferencia». Se ha pretendido impugnar la identidad, es decir, impugnar todo aquello que pretende erigirse como ideal, como imagen dogmática, fundamento clausurado y siempre el mismo. La filosofía contemporánea es completamente deudora de filósofos como Friedrich Nietzsche y Martin Heidegger, por mencionar sólo algunos de los cuales trataremos en este breve escrito. Cabe señalar que éste es muy importante porque ubicó a Nietzsche dentro de la metafísica, a pesar de que el proyecto nietzscheano pretendía expresamente invertir el platonismo y, por tanto, la metafísica en general. En Nietzsche, según Heidegger, no hay superación de la metafísica, es decir, de la representación en general, aunque con él se haya dado la verdadera clausura de la metafísica. El proyecto heideggeriano vendría a ser la filosofía que supera verdaderamente la metafísica, inaugurando el nuevo comienzo que sólo puede surgir efectuando la pregunta fundamental que se pregunta por el ser en tanto que ser, puesto que toda la metafísica (comprendida según la definición aristotélica en el libro IV de la Metáfisica) no había hecho otra cosa que preguntarse por el ente en tanto que ente. Aquí resuena aquello de lo que Heidegger llamó el abandono del ser, el olvido de la diferencia ontológica entre el ser y el ente.

¿Es Heidegger un pensamiento de la diferencia, un pensamiento que impugna y supera la representación? Jacques Derrida llama ingenuo al proyecto heideggeriano de superar la metafísica, pues dicho proyecto al hacer uso de un determinado discurso que se encuentra dentro de la tradición no hace más que pertenecer a la historia de la metafísica. Antes bien de rechazar la interpretación heideggeriana sobre Nietzsche, Derrida la afirma con todos sus dientes añadiendo que el propio Heidegger e incluso él mismo se encuentra dentro de la tradición. ¿Cómo superar la metafísica mediante el mismo discurso metafísico que habla sobre la presencia, el origen, y la conciencia? Una fenomenología hasta este punto es infructuosa para tal empresa, e incluso la del propio Heidegger, pues su fenomenología hermenéutica no se escapa de la tradición de una retención fenomenológica pura y plena (Husserl, maestro de Heidegger). He pensado con aburrida seriedad, que si se pretende superar radicalmente toda tradición, no hace falta comunicar nada, quedarse para siempre callado, en la epojé eterna de lo que no puede decirse porque si se dice sería traicionarse. Pero si la filosofía es expresión, no hay filosofía muda. Luego, mi humor crece al reírme.

No es difícil notar hasta este punto que lo antedicho compete al problema de la identidad, de la representación, y de la diferencia. La filosofía en general es insustraible de la metafísica. Entonces cómo pensar la diferencia, cómo pensar un afuera insustraible de lo que se encuentra dentro, cómo sería posible que un pensamiento se encuentre dentro de otro y a su vez fuera y ajeno a él. Dichas preguntas son propias de Michel Foucault en su libro de Theatrum Philosophicum, donde describe los propósitos de la filosofía deleuzeana. Las respuestas son necesariamente paradójicas: afirmando a la vez dos opuestos, es decir, afirmarlos de manera disyuntiva. Es justo la intención de Deleuze, porque superar el platonismo, es decir, la metafísica, no significa simplemente otorgar más valía a la apariencia o al cuerpo, no se trata de una inversión mecánica. Llevemos entonces al absurdo el platonismo, como dice Foucault, descubriendo la idea platónica incluso ahí en la mugre de las uñas. ¿Cómo entonces oponerse radicalmente a la representación? En todo caso, una oposición parcial en la búsqueda de una conciliación con la diferencia, a sabiendas de no sustraer lo diferente de lo idéntico. Si se quiere llámese a la representación una derivación de la potencia segunda, como lo expresa el propio Deleuze, posterior a toda diferencia. ¿Cómo pensar ahora la inmediatez, la presencia pura, la diferencia plena y radical? ¿Acaso la inmediatez de la conciencia, la espontaneidad del concepto, así como la inmediatez del arte y de la experiencia estética en general, no son parte de una misma tradición que expresan lo mismo? Diremos que sí y, por tanto, la inmediatez no será independiente de la mediación que nos ofrece la representación. Quizás sólo ambas son posibles en la medida en que cada una por su parte determina a la otra. No comparemos ahora la diferencia con la inmediatez, sino con el Acontecimiento, como nos ha enseñado Nietzsche y como lo ha seguido el «pensamiento de la diferencia».

El proyecto del «pensamiento de la diferencia» ha tomado en serio antedichas consideraciones, y en todo caso ha pretendido clausurar el pensamiento binario y lineal, abogando por la complejidad y lo dinámico de las interrelaciones. Edgar Morin y su pensamiento complejo, Jacques Derrida y la conciliación de las teletecnologías con el acontecimiento, Gilles Deleuze y la conciliación de la máquina y el acontecimiento, entre otros. Y la repetición es el tema central, el tercer término que afirma tanto identidad y diferencia de manera disyuntiva; pues no hay repetición de lo idéntico, sino repetición de lo diferente, y todo lo que se repita traerá consigo diferencia. Así, la repetición es representación, esencialmente representación, pero desplazada de su fundamento último comprendido como origen autoritario. Así pues, no hay dualidad entre representación y diferencia, hacia eso se dirige una parte de la filosofía contemporánea, y también hace no mucho una parte de las matemáticas que refieren a la complejidad y ciencia del caos. Nuestra época está confirmando con la interdisciplinariedad la imposible diferencia radical entre disciplinas; los fractales es una clara muestra de una repetición con diferencia, de una iterabilidad con dimensiones siempre diferentes; las ciencias sociales con la noción de los sistemas complejos derivada de las matemáticas.

No interesa la inversión, sino el teatro del absurdo, la representación teatral en general, las máscaras y disfraces, los fantamas y los simulacros. Esta época se está riendo y tiene un humor impresionante, éste es actualmente su temple de ánimo.

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